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Maria Victoria Guzmán, crítica de arte y fundadora del Blog El Gocerío. 

Monolitos flotan en el espacio. Como si hubiera entrado a una conversación ajena, a un encuentro al cual no estaba invitada. Figuras de colores opacos: amarillos ocres, verdes terrosos, translúcidos azules, rosa palo. Con manchas, grumos, rugosidades. Se sienten las
capas, se adivina la malla de metal que las mantiene erguidas. A primera vista podrían ser escombros, trazos de una construcción que desapareció hace tiempo, objetos abandonados que ya no sirven para nada. Se alzan en silencio, como un Stonehenge de colores, la atmósfera, leve, austera, solemne. La mano de la artista es casi invisible en estas ruinas flotantes. Guijarros palpitantes, cargados de significado. Como esfinges contemporáneas, que plantean un enigma silencioso.


La obra de Macarena Jofré se plantea desde el proceso azaroso que da origen a cada pieza. Es una superposición lenta y consciente, un trabajo que avanza capa tras capa, comenzando por un esqueleto de fierro, sobre el que se acumulan capas de yeso, cada una de distintos colores, grosores, texturas. Aunque creadas recientemente, parecen haber
existido hace años. No brillan con los destellos plásticos de lo que acostumbramos a llamar “nuevo” – celulares, autos, ropa. Al contrario. Sus rugosidad e imperfecciones las convierten en objetos profundamente evocativos. La mano de la artista es invisible. No es su intuición lo que aparece en estos restos. Más bien, ella actúa como una médium, desentrañando, adivinando, guiando, para darle forma a estos vestigios, resultado de un intercambio dinámico entre intención y azar. El gesto es clave: permitir que los materiales hablen, escurran, sigan su curso natural, logrando incorporar la expresión propia de cada uno en un momento y lugar específicos. No existen “inconsistencias” “imperfecciones” o “errores”.


Cada pieza es lo que es, incontenible, inesperada, incluso inexorable.
Figuras que flotan, impávidas, inamovibles ¿Qué esconden y qué revelan? En cada una un secreto se adivina, se asoma, llevando a un juego de las posibilidades, al acertijo de la abstracción. La mano de la artista es casi invisible. Si pensamos en secretos e intimidades, es provocadora la decisión de exponer las vísceras de sus esculturas. A través de agujeros, de recovecos, de capas que se asoman, vemos sus interiores, sus entrañas, su intimidad. Por lo mismo, a pesar de la dureza propia de los materiales, el quehacer de Jofré denota vulnerabilidad, delicadeza. Como sedimentos en el desierto, o las rocas que están junto al mar, que exponen sus venas, sus estratos. Cada objeto tiene una historia, que guarda celosamente en su interior.


Las obras flotan en el espacio, y parecen comunicarse. Quisiera hablar con ellas. Quisiera conocer sus misterios. Es una sensación inquietante, como una experiencia incorpórea. No estamos acostumbrados a la empatía, en este mundo de individualidades, de selfies y soledad. Y aquí estoy, compartiendo con objetos, monolitos, con yeso y fierro, con guijarros, con piedras.


Hace 20 años, el geólogo y químico Paul Crutzen acuñó la palabra “Antropoceno” para referirse a una nueva época geológica, distinta de su antecesor el Holoceno por el tremendo impacto que la actividad del hombre ha tenido sobre la tierra, afectando incluso sus capas más íntimas, la tierra y roca misma sobre la que plantamos nuestros pies. Es un concepto que ha sido aplicado ampliamente en todo tipo de ciencias y disciplinas, pues no es solo una forma de entender nuestras acciones en el pasado, sino que también tiene implicancias para nuestro futuro, recalcando la necesidad de superar el paradigma del progreso infinito,
de la acumulación, de la eficiencia, del antropocentrismo. Es reconocer en animales y paisajes un “otro” digno de consideración.


Es vertiginoso estar frente a estas figuras. No acostumbramos empatizar con piedras. No acostumbramos valorar escombros. No acostumbramos estar en silencio. Corremos hacia todos lados, reflejados en pequeñas pantallas negras, apéndices vacíos, pero sin avanzar
nunca. Las figuras inmóviles también podrían ser espejos. ¿Qué encontraríamos ahí, si supiéramos cómo ver? No cualquiera puede escudriñar tan fácilmente. El mensaje solo se ofrece a quienes están listos. Las figuras flotan, inmóviles, silenciosas, profundas. ¿Qué implica empatizar con un trozo de yeso? ¿Pasar tiempo con una piedra? ¿Abandonar estructuras antropocéntricas y conectar con misterios que nos son ajenos? La obra de Jofré ofrece nuevas epistemologías:
nuevas formas de conocer, en silencio. Las figuras no evocan, no hablan, son esculturas profundamente sensuales, que solo se abren a los sentidos. No son orgánicas, su composición es metal y yeso, y sin embargo tienen esqueleto, piel, intestinos, vida. Laten, frías, y las recorre un código propio, que se adivina en pistas y símbolos. Son partes de un puzzle, fragmentos de un universo particular.


Es un encuentro para el que se tiene que estar listo; solo cambiando nuestro ritmo y frecuencia comprenderemos sus cosmologías internas, que hacen eco de nuestro propio inconsciente y de los tiempos profundos de la geología. Susurran algo que siempre estuvo ahí. En sus capas geológicas, su inmensidad, su atemporalidad, parecieran existir saberes que hemos olvidado, atrapados en el cemento y la urgencia de las urbes modernas. Estos objetos siguen esa lógica de capas geológicas, subterráneas. Hay que escarbar, pero con la intuición y la mirada más que con la lógica.


Mucho se ha hablado sobre el tiempo líquido, un concepto que fue teorizado por el sociólogo Zygmunt Bauman. Con esa idea se refiere al tránsito de una modernidad «sólida» –estable, repetitiva– a una «líquida» –flexible, voluble– en la que las estructuras sociales ya
no perduran lo suficiente para solidificarse, por lo que no sirven ya de marcos de referencia para nuestros actos humanos. Jofré detiene esa liquidez: se ancla en lo concreto, contiene el yeso que corre, se planta sobre algo fijo y estable. No se trata de una mirada nostálgica e idealizada del pasado; más bien, una reflexión sobre un tiempo en que el “yo” era siempre parte de un “nosotros”.


El arte es siempre sedimento. Cada nueva obra se suma a un diálogo continuo de ideas, y cada artista que trabaja hoy lucha, mira, se inspira y rechaza todo el arte que ha existido antes. Cada nueva obra es la capa superior de una sedimentación de propuestas, estilos, ideas, imágenes, formas y vocabularios que se van acumulando con el tiempo. Este flujo de procesos que decanta en geologías es parte del resultado que ofrece Jofré. La mano de la artista es casi invisible, entregada al devenir de los materiales. Se emplaza en el proceso. Y el proceso, a veces, puede ser la respuesta.

EXPOSICIONES

A lo largo de su carrera, Macarena ha participado en diversas exposiciones tanto a nivel nacional como internacional, mostrando su trabajo en galerías de renombre y espacios culturales destacados.

ESTUDIO

AV. POCURO 2564. REGION METROPOLITANA, SANTIAGO DE CHILE.

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